Demasiada edad, insuficientes relaciones entre edades

Demasiada edad, insuficientes relaciones entre edades

Un artículo para el Día Internacional de las Personas “de Edad” 

Confieso que no me gusta la manera en que Naciones Unidas denomina oficialmente la celebración que cada año nos propone para el 1 de octubre: Día Internacional de las Personas de Edad ¿Acaso alguien no tiene edad? ¿Tan importante es la edad y su cantidad numérica para comprender a una persona? Cuanto más lo pienso menos me parece que sea así. La edad solo es un instrumento, una unidad de medida que tenemos al alcance para hacer referencia, de modo simplista, a algo verdaderamente importante y complejo: la dimensión temporal de la vida humana. Somos y nos movemos en tiempo, pero no solo entendido este en términos de horas, días y años. De hecho, creo que hablar de envejecimiento no es sino aludir a esa dimensión temporal, tan solo una más de las muchas que dan forma a lo humano.

En mi caso, esta huida del obsesivo énfasis en las edades cronológicas como acceso privilegiado para conocernos y conocer a otras personas ha sido una de las razones que me ha hecho instalarme en el campo intergeneracional como espacio de experiencial, de pensamiento y de práctica. Si me interesan las relaciones intergeneracionales es porque conectan tiempos —y no solo edades— y porque, según las entiendo yo, introducen la idea de lo dinámico: nadie tiene tan solo una edad o pertenece a una generación sino que somos multi-etarios y multi-generacionales. Y nuestras edades y generaciones cambian, no son categorías fijas. ¡Cuántas veces, inmerso en el juego con un niño, me traslado a la infancia! ¡Cuántas veces, al acompañar a una persona vieja, a punto de fallecer, siento que yo mismo me estoy haciendo muy mayor!

El tema de las relaciones intergeneracionales parece estar cada día más presente. Mucha gente piensa que la causa está principalmente en los cambios demográficos. Yo no lo veo así. Para mí, el interés en torno a la intergeneracionalidad tiene más que ver con el empobrecimiento de nuestra dimensión relacional —tan fundamental como la temporal. Decía el profesor Raimon Panikkar que las personas somos nudos en una red de relaciones. Estoy de acuerdo. Sin embargo, mirando a mi alrededor veo que hemos dejado en un segundo plano el cuidado de nuestras relaciones: hay mucha gente conectada entre sí pero no estoy tan seguro de que esas interacciones hayan crecido al mismo ritmo que las relaciones. Veamos unos sencillos datos que vienen al caso de esta reflexión.

En 2018, el Centro de Investigaciones Sociológicas preguntó a una muestra de personas de 18 y más años residentes en España si tenían relación con personas menores de 35 años y con personas mayores de 65, distinguiendo si esas personas eran o no parientes. El 38% de las personas con más de 65 años que respondieron dijeron tener relación con menores de 35 años con quienes no convivieran y que no fueran sus familiares; un 35% de los jóvenes encuestados de entre 18 y 24 años reconocieron tener relación con personas mayores de 65 años que no fuesen parientes. En cambio, esos dos porcentajes remontaban hasta el 87% y el 85%, respectivamente, cuando se pasaba a hablar de relaciones con familiares.

Sin entrar al fondo de la cuestión de qué era lo que las personas encuestadas entendían exactamente como “tener relaciones con otra persona”, esas cifras apuntan tímidamente dos conclusiones. Por un lado, que las relaciones entre esos grupos de edad suceden, sobre todo, dentro de las familias; por el otro, que nuestra sociedad tiene mucho, mucho que hacer aún de cara a establecer lazos entre personas jóvenes y mayores: si tenemos en cuenta que no siempre disponemos de la posibilidad de contar con parientes de edades distantes, parecería recomendable tratar de impulsar las relaciones intergeneracionales allí donde vivimos, con las personas con las que nos cruzamos en el día a día.

Trabajar en favor de más y, sobre todo, de mejores relaciones entre generaciones no es un asunto de envejecimiento sino de supervivencia, de cultura de especie. O somos relacionales o no somos. Y en entornos en los que la coexistencia de personas de edades muy distintas crece —claro está, si no procedemos a segregar a esas personas en virtud de su edad—, establecer relaciones con otras generaciones más allá de las familiares aparece de modo creciente como una posibilidad de cara a algo en lo que literalmente nos jugamos la vida: contar con una adecuada red de relaciones sociales puede aumentar en un 50% nuestras posibilidades de supervivencia, en comparación con quienes no disponen de tal red.

El asunto es tan relevante que la Universidad de Granada y Macrosad —cooperativa andaluza de educación, cuidados y atención a personas que cuenta con escuelas infantiles, centros de atención infantil temprana, centros para mayores y de ayuda a domicilio— han acordado crear la Cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales. ¿Con qué fin? Contribuir a facilitar y mejorar las relaciones entre distintas generaciones como medio para impulsar el bienestar y el progreso socioeconómico de personas y comunidades, con especial atención a los grupos generacionales que necesitan más apoyo.

Cuando celebramos cada uno de nuestros cumpleaños estamos fortaleciendo la consideración de la edad cronológica como señal de nuestra identidad. ¿Qué tal si pasamos a prestar más atención no a las edades de las personas sino a las relaciones que mantenemos con ellas a lo largo del tiempo, tengan la edad que tengan y pertenezcan a la generación que pertenezcan? A esa celebración sí que me apunto.

Un artículo del Dr. Mariano Sánchez, del Departamento de Sociología de la Universidad de Granada



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