¿Hemos aprendido a tomar decisiones? ¿Qué hacer cuando tomamos decisiones por los demás?

¿Hemos aprendido a tomar decisiones? ¿Qué hacer cuando tomamos decisiones por los demás?

¿Tú quieres hacer esto? ¡Tu misma! ¡Luego no me vengas con llantos! ¡Te equivocas! 

¿Cuántas veces hemos oído o hemos dicho estas palabras como padres o como hijos? ¿Cuántas veces nos hemos sentido o hemos hecho sentir que otra persona toma decisiones equivocadas?

Vivimos en una sociedad que no nos ha enseñado a decidir. De pequeños no enseñamos a los niños a decidir y no potenciamos suficiente que en la adolescencia la persona sea capaz de tomar decisiones. A menudo damos más valor e importancia a la protección que a dar las herramientas para que las personas puedan ser más autónomas en decidir lo que quieren o pueden hacer, desde la argumentación y el porqué.

A veces el tu mismo suena como – si no me haces caso te la vas a pegar -. Estas expresiones nos llevan a una pedagogía centrada en no dar importancia a aprender a decidir. Esta situación se repite en diversas etapas de nuestra vida. Cuando nos hacemos adultos nos cuesta decidir, y cuando dejamos de trabajar por edad, la sociedad nos presenta, aún hoy, una serie de propuestas con ofertas estereotipadas, centradas en tópicos y en las que las decisiones de las personas mayores las toma la sociedad, a menudo diciendo qué oportunidades son para cada edad. No hemos vivido una pedagogía de la decisión. No nos han enseñado a decidir en nuestra vida profesional.

Había un anuncio de Televisión que decía “tú no tienes que hacer nada y es tan fácil conectar …”. En nuestro trabajo diario tenemos que dar valor a la pedagogía de la decisión.

Pero que significa decidir?

Decidir significa tomar la determinación de hacer algo, pudiendo elegir entre varias opciones, formando un juicio que se traduzca en juicios y acciones que serán definitivas. Decidir es una acción mental en la que entran varios aspectos que nos llevan a aprender a tomar decisiones en el día a día.

La Teoría de la Decisión del premio Nobel Daniel Kahneman distingue dos modelos para explicar el funcionamiento de nuestra mente:

  • El instintivo y emocional;
  • El reiterativo y con una base racional.

Nos movemos entre lo que sentimos y lo que razonamos

Pero para aprender a decidir tenemos que dar valor a entender que decidir es una actividad dinámica que nunca acontece como una resolución final, ya que nos obliga a entender los procesos de cambio. Entender los cambios nos lleva a saber hacer previsiones sencillas de lo que nos pasa en nuestra vida diaria. Tomamos muchas decisiones a lo largo de nuestra vida, las pensamos mucho, las valoramos desde diferentes perspectivas e incluso las consultamos a quien hacemos confianza.

Es evidente que decidir es propio de la condición humana. “No podemos vivir sin decidir, porque es un acto que va directamente ligado a nuestra libertad. Es decir, somos libres porque podemos decidir”, asegura Francesc Torralba; pero para aprender a decidir tendremos que dar valor a los criterios y valores personales.

Para aprender a decidir tenemos que aprender a observar, a intuir y a escoger. Cuando observamos debemos ser conscientes de nuestros valores personales fundamentales, de nuestras intenciones y de las consecuencias que conlleva toda decisión. De hecho SOMOS LO QUE DECIDIMOS.

Elegir es decidir desde el riesgo de aventurarse. Debemos fomentar una pedagogía de la decisión que nos ha de llevar, desde una perspectiva de la ética tangible, a saber ser coherentes cuando tomamos decisiones por los demás.

Os acercamos un documento sencillo con nueve pautas que podemos seguir las profesiones y los profesionales que acabamos tomando decisiones para las personas que no las pueden tomar de forma consciente. Joan Canimas nos aporta en este documento una herramienta que nos ayudará a aprender a decidir y nos llevará a una pedagogía de la decisión en el día a día de nuestro trabajo centrada en proceso de acompañamiento vital.

Un artículo de Quico Manyós para el Blog Dignetik



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